Corea del Sur día 9
Palacio Donggung y Anapji · Banwolseong · Gyochon Traditional Village · Mercado de Seongdong · Golden Street · Mercado de Jungang · Puente Woljeonggyo
16 de marzo de 2024
Nos despertamos a las 8:15, ducha y desayuno en el hotel. Por ahora era el más pobre en cuanto a variedad en el bufé, aunque suficiente, café con leche, zumo de naranja, tostada con mantequilla y mermelada, cruasanes de mantequilla, beicon y un trocito de tortilla.
Atravesamos la zona de Hwangnidan-gil y dimos un paseo por el parque de túmulos pasando frente al observatorio Cheomsongdae. Como el invierno estaba acabando, había cientos de jardineros arreglando las grandes explanadas y sembrando todo tipo de plantas por los jardines. Daban un poco de miedo, llevaban uniformes con cofias similares a las de la serie «El cuento de la criada» y parecían autómatas.
En 10 minutos llegamos al Palacio Donggung. El complejo original se destruyó y lo que se visita hoy en día son varios pabellones a orillas del gran estanque Wolji o Anapji, que se restauraron siguiendo la arquitectura tradicional. Bordeamos todo el estanque, con un entorno que nos pareció muy chulo, e hicimos varias fotos de los pabellones reflejados en el agua.

Volvimos al centro por la colina en la que se encuentran las ruinas del antiguo palacio Banwolseong, donde nos llamó mucho la atención el Seokbinggo, una antigua cámara de hielo de piedra construida en el siglo XVIII, y muy bien conservada (nos acordamos del «Pocico de las nieves» de Siles, un depósito de hielo del siglo pasado en plena Sierra de Segura). Las vistas desde allí eran muy chulas, con los jardines y pequeños lagos a los pies (se apreciaba mucho mejor el trabajo de los jardineros desde arriba).
Acabamos el paseo en Gyeongju Gyochon Traditional Village, un barrio muy pequeño con calles empedradas y hanoks muy bien conservados y rehabilitados junto al río Namcheon, era como viajar al pasado (os dejamos nuestros imprescindibles e la entrada qué ver y hacer en Gyeongju). Otro de los atractivos de la zona era el impresionante puente Woljeonggyo (volveríamos por la noche para verlo iluminado). Nos encantó esta zona, había mucho ambiente familiar y vimos una cafetería tradicional en la que estaban elaborando tteok (pasta de arroz glutinoso) de manera artesanal. Lo más chulo de todo fue que nos dejaron hacerlo a nosotros, y allí se puso Rafa a golpear el arroz con una gran maza de madera hasta darle la textura gomosa. Aprovechamos que se estaba genial al sol y nos tomamos un té y un café con dulces de pasta de arroz cubiertos con polvo de soja tostada (14000KRW, 8,75€).


Callejeamos por el barrio y nos topamos con la celebración de un bautizo. Nos pusimos a mirar desde fuera y la bebé no dejaba de mirarnos, al final nos invitaron a entrar y nos dejaron hacer fotos. Fuimos el centro de atención, casi le quitamos protagonismo a la pobre bebé. De verdad que los coreanos son encantadores.
También visitamos la Choe Jun´s House (perteneció a una familia muy rica de la dinastía Joseon) y recorrimos los jardines y patios de manera gratuita. Había varias parejas vestidas con el traje tradicional o hanbok haciéndose reportajes de fotos.
Le echamos el ojo a un restaurante gastronómico y decidimos reservar para comer a mediodía. Como quedaban un par de horas y ya habíamos recorrido todo el barrio tradicional, nos fuimos caminando hacia el norte para aprovechar que aún habría movimiento en los mercados de la ciudad.


Llegamos al mercado de Seongdong, junto a la antigua estación de tren de Gyeongju, era enorme, con cientos de tiendas y puestos donde se vendía de todo. En la zona de fuera había muchos puestos de verduras, frutas y especias. Empezamos a fotografiar todo, pero a una señora (la primera de todo el viaje) no le pareció bien y empezó a gritar y refunfuñar, el resto de vendedores empezaron a reírse, nos dio la sensación de que era conocida ya entre ellos por el mal humor.
En las calles de dentro había muchas tiendas de mariscos y pescados de todo tipo, además de una sección de comida callejera y una zona interior con varios restaurantes que ofrecían menús de estilo buffet o a la carta y que estaban a tope de locales. Había otra señora haciendo gimbap (sushi coreano) y ella sí que se ofreció a posar en nuestras fotos y vídeos. Nos pareció un mercado muy auténtico.
En uno de los puestos encontramos un fermento tradicional que Rafa estaba buscando, el nuruk, que se utiliza como iniciador para varias bebidas fermentadas de arroz, y compramos una bolsa de un kilo.


Volvimos caminando al hotel, nos metimos una ducha rápida y nos pusimos guapos para ir a comer al restaurante de Gyochon. Como se nos hizo un poco tarde, cogimos un taxi y llegamos en menos de 10 minutos.
Cuando llegamos, un par de mujeres nos acompañaron por los jardines del precioso hanok hasta una sala privada con techos de vigas de madera y una gran mesa central toda para nosotros. Nada más empezar, la experiencia prometía. El menú estaba basado en un banquete tradicional coreano (hanjeongsik) y consistía en cinco pases: bienvenida, aperitivos, delicias de temporada, recetas de la familia Choi, postre&té. No pararon de traernos platitos con riquísimas elaboraciones utilizando producto local y de temporada. Lo más curioso es que no sabían nada de inglés y nos lo explicaron todo en coreano. No entendíamos nada, pero nosotros nos lo comíamos y todo estaba buenísimo. Fue sin duda la comida más cara del viaje (138000KRW, unos 86€), pero para repetir una y mil veces (más recomendaciones gastronómicas en la entrada qué comer y dónde en Corea del Sur).

Al salir del restaurante, fuimos al río Namcheon y lo cruzamos por una pasarela de bloques de piedra desde donde se tiene una panorámica completa del puente Woljeonggyo. Paseamos por la orilla y llegamos al puente. Era impresionante, la decoración, los colores, los detalles. Hicimos un montón de fotos desde todos los ángulos aprovechando que no había casi nadie por allí.
Visitamos también la Gyeongju Choe Family Academy, junto a la Choe Jun´s House, y volvimos bordeando los parques de túmulos. Hicimos una parada para tomar un café en una cafetería super chula junto a una excavación que estaba protegida por una gran pérgola. El local tenía un rollo nórdico, con un ambiente muy acogedor, tonos blancos y mucha madera, y los camareros nos prepararon el café y nos lo sirvieron con toda la dedicación del mundo.


Después de la merecida pausa, recorrimos la zona más comercial de Gyeongju, la Golden Street (Wonhyo-ro), y callejeamos hasta toparnos con una pequeña tienda de cuencos de barro para hacer miso. Os podéis imaginar que acabamos comprando unos cuantos pequeños (porque los grandes no nos iban a caber en las maletas de vuelta).
Acabamos de nuevo en el mercado de Jungang donde la noche anterior habíamos merendado en sus puestos callejeros. Aunque no íbamos a tomar nada, queríamos ver el ambiente y curiosear en las tiendas, como a nosotros nos gusta.

Dejamos las compras en el hotel y fuimos hacia el puente para fotografiarlo de noche. Al final de Hwangnidan-gil vimos un puesto de los que vendían las masas de queso con forma de moneda de 10 wones que todo el mundo comía, y decidimos que era el momento de probarlas. Error. No nos gustó nada, grasienta y sin mucho sabor, al menos no podíamos decir que no las habíamos probado.
Cruzamos de nuevo el río por los bloques e hicimos varias tomas del puente iluminado reflejándose en el agua. Paseamos por el barrio de Gyochon, esta vez sin gente y con las calles y edificios iluminados por las farolas que aun le daban más encanto.


De vuelta al hotel, como ya era la hora de la cena, nos metimos en un sitio escondido que vimos por casualidad en un callejón del centro histórico, muy cerca del parque túmulos de Daereungwon. No tenemos ni el nombre, solo la ubicación, pero nos gustó mucho. Pedimos unas empanadillas coreanas (mandu) de diferentes rellenos, unas fritas y otras al vapor, y un plato de noodles muy rico, acompañados de encurtidos y kimchi. Todo nos costó 27000KRW (unos 16,85€). Fue la cena perfecta.


