Corea del Sur día 11
Gamcheon Culture Village · Ami-dong · Playa Haeundae · Mercados Gukje y Bupyeong Kkangtong · Bosu-dong
18 de marzo de 2024
Desayunamos en el Good Ol’Days Hotel, nos dejaron una cesta en la puerta de la habitación con unos huevos escalfados, magdalenas, cereales, zumos, fresas… además de dos cafés con leche que preparamos en la cafetera de la habitación.
Cogimos la línea 1 de metro en Jung-Ang y bajamos en la parada Toseong, a los pies de Gamcheon Culture Village. Teníamos dos opciones, subir en uno de los pequeños autobuses verdes que llevan al barrio, o caminar cuesta arriba hasta la entrada del mismo. Nosotros decidimos andar y andar y andar. Fueron unos 15-20 minutos desde la salida del metro por callejuelas bastante empinadas donde nos cruzamos con un mercado local que estaban montando y muchos vecinos del barrio que iban de aquí para allí.

Cuando llegamos, había bastante gente para lo temprano que era. El barrio en sí es muy curioso y pintoresco lleno de casas de colores construidas en la ladera de una colina. Habíamos leído que se conoce como la «Aldea de colores» y también como el «Machu Picchu de Busan» (un apelativo un tanto pretencioso en nuestra opinión porque de Machu Pichu tiene poco).
Lo primero que hicimos fue buscar un cafetería para reponer fuerzas y encontramos una muy chula con una terraza con vistas al barrio espectaculares. Nos tomamos dos capuccinos por 9000 KRW (unos 5,45€). La dueña tenía un poco de mala leche, aunque con nosotros fue muy correcta, imaginamos que el carácter se le habría agriado por la masificación de turismo en este barrio.

Tras disfrutar en soledad de nuestro café con vistas, fuimos a recorrer el barrio. En 2009 se inició un proyecto de revitalización artística que lo ha convertido en un atractivo muy importante de la ciudad, pero en nuestra opinión demasiado masificado (¿lo hemos dicho ya?), y eso que nosotros estando allí contribuíamos a esa masificación.
En la oficina de turismo se ofrecen varias rutas para recorrerlo, nosotros decidimos marcar los puntos más característicos y callejear sin rumbo fijo. Subimos al mirador Haneul Maru para tener una visión general de todo el barrio con el mar de fondo, recorrimos la calle principial Gamnae 2-ro y nos perdimos por las calles laberínticas y empinadas donde encontramos muchos murales (algunos de ellos con los ídolos K-pop del grupo BTS), esculturas al aire libre, galerías de arte, tiendas y cafeterías.


Nos sorprendió ver cómo se hacían largas colas para hacerse una foto con la estatua de El Principito y el zorro, cuando había muchos rincones súper chulos por todo el barrio. Es curiosa, porque el personaje de Antoine de Saint-Exupéry está sentado junto a un pequeño zorro en una barandilla observando el barrio y el mar de fondo, pero tanto como para tener ese tinglado con cintas y todo…
Para acabar la ruta, bajamos los 99 peldaños de las escaleras Stairs to See Stars (se llamaban así porque son tan empinadas que la gente se mareaba al llegar arriba cargada con la compra y veía estrellitas) y, después de una hora y media de recorrido, volvimos al punto donde la habíamos iniciado, junto a la oficina de turismo.

Decidimos bajar de nuevo caminando, en lugar de coger el bus (total, lo peor esa subir y ya lo habíamos hecho andando) y así visitar el barrio vecino y no tan conocido de Tombstone Culture Village, llamado así porque durante los años posteriores a la Guerra de Corea, las viviendas de los que se refugiaron aquí se construyeron de manera improvisada en las laderas empinadas, tomando una forma similar a pequeños montículos o «tumbas» vistas desde la distancia. También se ha revitalizado esta zona con bastante arte urbano: murales, esculturas, paneles informativos…
Aquí descubrimos por casualidad el mirador de Ami-dong, para nosotros uno de los mejores de toda la ciudad de Busan, con vistas panorámicas del centro y de la Torre de Busan, y sobre todo, sin masificación, solo había algún vecino del barrio. En él había varias esculturas muy graciosas, a modo de cabezudos, una de ellas con PSY, el artista de la canción Gangnam Style (os dejamos más cosas en la entrada qué ver y hacer en Busan).

De vuelta a la estación de metro de Toseong, nos dimos una vuelta por el mercado que estaban montando cuando subíamos, con unos cuantos puestos de productos frescos y un ambiente muy local. Cogimos la línea 1 naranja en dirección a Seomyeon, donde hicimos transbordo a la línea 2 verde que nos llevaba a la playa de Haeundae. Para matar el gusanillo, nos compramos unas magdalenas de cacahuete como las del día anterior en otro puesto que encontramos dentro de la estación de metro (3000KRW, 1,80€).
Después de un trayecto de aproximadamente 1 hora, llegamos por fin a Haeundae. Nos estábamos dando cuenta que Busan era una ciudad enorme y muy desperdigada, lo que hacía que moverse por ella no fuera tan sencillo como en otras ciudades de Corea del Sur (os dejamos una entrada con toda la info sobre cómo moverse en Busan).
La parada nos dejó directamente en la calle principal Gunam-ro, una especie de bulevar que nos recordó, salvando las distancias, a las zonas de turismo costero del Mediterráneo, gente paseando, tiendas de artículos de playa, restaurantes… Era la hora de comer y teníamos apuntados algunos restaurantes en la zona, pero acabamos en un restaurante de barbacoa coreana que no os vamos a recomendar porque el trato dejó mucho que desear (la primera vez en todo el viaje) y la carne, aunque estaba buena, no la cocinaron tan bien como nos lo hicieron en Seúl. Los extractores no funcionaban y nos ahumaron literalmente. Al menos no fue muy cara la comida, unos 40€ los dos, 66000KRW.

Volvimos a la calle Gunam-ro que desembocaba directamente en el paseo marítimo, bordeado de altos rascacielos que contrastaban con la vegetación y la playa, que era enorme, en forma de semiluna, con arenas doradas y aguas azul turquesa. Lástima que estábamos a finales de invierno y no apetecía bañarse, y eso que el día estaba siendo muy soleado.
Paseamos a orillas de la playa y nos dirigimos hacia una pequeña península muy frondosa que hay al sur, Dongbaekseom. Recorrimos los senderos y pasarelas de madera atravesando el bosque hasta llegar al faro, con unas vistas impresionantes al mar de Japón y la costa de Busan. Llegamos hasta el famoso y curioso Nurimaru APEC House, un pabellón circular que combina la arquitectura tradicional coreana con un diseño moderno (y fue la sede de la cumbre APEC-Asia-Pacific Economic Cooperation- en 2005).


Tras el agradable paseo bajo el bosque de Dongbaekseom, volvimos hacia la playa, pero vimos que para ir al centro de Busan (o lo que para nosotros era el centro, el barrio de Nampo, el de nuestro hotel) la parada de metro de Dongbaek estaba más cerca. Hicimos el trayecto inverso, pero esta vez bajamos en Jung-Ang, para descansar un rato en le hotel. Nos pedimos un par de cafés y una tarta de fresa (que tenía una pinta brutal) y nos tomamos la merendola tranquilamente en nuestra habitación.
Después de un rato tumbados en la cama, salimos a pasear por las calles de Nampo y acabamos en el mercado de Gukje, uno de los más grandes y populares de Busan, una parada obligatoria si os gustan los mercados asiáticos como a nosotros. Mucho ambiente y tiendas de todo tipo que ofrecen desde ropa y alfombras, hasta menaje del hogar, electrodomésticos, souvenirs y productos de alimentación tanto frescos como preparados.

Eran las 18:30 y ya estaba anocheciendo, hora de cenar para los coreanos. Justo enfrente del Gukje Market se encontraba el Bupyeong Kkangtong Market, otro de los lugares perfectos para sumergirse en el bullicio de los mercados de la ciudad. Durante el día tiene mucho ambiente, con un montón de tiendas repartidas en varias calles cubiertas, pero sobre todo por la noche se transforma en un mercado gastronómico nocturno con una gran cantidad de puestos de comida callejera, incluso las calles aledañas estaban muy animadas con mucha gente en las terrazas (aun siendo invierno).


Para acabar las visitas del día, fuimos al bohemio barrio de Bosu-dong, paseamos por las estrechas callejuelas repletas de pequeñas librerías de segunda mano, aunque algunas ya estaban cerrando. Entramos en una de ellas y el vendedor era un señor mayor muy entrañable, no pudimos resistirnos a comprarle unos cuantos libros, una versión en coreano de El Principito y algunos fascículos de la serie manga One Piece, también en coreano. Nos pareció el regalo perfecto para nuestra amiga Loreto que es un poco otaku.

Cenamos en un sitio que ya habíamos ojeado, muy cerca del restaurante de pollo frito donde comimos el día anterior. Era un local muy pequeñito y familiar, y nos sentamos en una mesita al fondo. Su especialidad era el bulgogi casero, elaborado con carne de ternera marinada y luego asada. Cuando nos trajeron la comida y empezaron a servirnos los típicos platitos de acompañamiento, no sabíamos muy bien como meterle mano. La dueña, sin saber nada de inglés, nos explicó cómo debíamos montar cada bocado envolviéndolo en una hoja de lechuga. Estaba delicioso (y nos olvidamos de la mala experiencia del mediodía enseguida) y fue baratísimo, 18000KRW, unos 11€.

Nos compramos un par de yogures de melocotón como postre (se estaba convirtiendo en una tradición) y volvimos al hotel. Antes de ir a dormir, subimos a curiosear la azotea. Había buenas vistas a la Torre de Busan y al puente del Puerto de Busan iluminado (pero nada que envidiar a las de nuestra habitación).


