Corea del Sur día 12
Tren Busan-Seúl · Ikseo-dong · Insadong
19 de marzo de 2024
Esa mañana dejábamos Busan para volver a Seúl, donde pasaríamos los últimos 3 días del viaje. Tomamos el último desayuno en el Hotel Good Ol’Days de Busan, de nuevo nos dejaron una cesta en la puerta a las 8 de la mañana. Recogimos todo el equipaje, escribimos en el libro de visitas del escritorio para dejar constancia de nuestro paso por allí y fuimos en metro hasta la estación de tren de Busan. Íbamos a echar de menos esa increíble habitación.
A las 9:20 salió nuestro tren de alta velocidad KTX y en poco más de 2 horas y media llegamos a Seúl. El viaje se nos pasó volando, leyendo, y comiéndonos unas galletitas que nos dieron al subir como detalle.

En media hora llegamos con la línea 1 de metro a la estación Jongno3-ga, justo en la entrada de nuestro alojamiento, el Seoul Moxy Insadong. Fue un poco engorroso salir del metro, era la típica estación en la que se hace transbordo de unas líneas a otras y la salida al hotel estaba bastante lejos, tuvimos que hacer varios tramos de escaleras hasta salir a la calle.
El hotel era muy moderno con música psicodélica en los ascensores, grafitis muy divertidos por las paredes y un bar en la azotea con vistas espectaculares a la ciudad. Hicimos el checkin y dejamos las maletas en nuestra habitación, pequeña pero con vistas al barrio tradicional de Ikseon-dong.


Entre unas cosas y otras ya eran las 13:00 y preguntamos en recepción alguna recomendación para comer. Nos dijeron un restaurante en Ikseo-dong a 3 minutos caminando, dentro del barrio tradicional de hanoks que habíamos visto desde la habitación. Cuando llegamos, había lista de espera para comer, nos apuntamos y como había 3-4 parejas delante de nosotros, decidimos dar un paseo rápido por la zona. Nos encantó, mucho ambiente joven, hanoks tradicionales reconvertidos en cafeterías, tiendas y restaurantes muy instagrameables y muy cuidados tanto en decoración como en servicio y producto. Le echamos el ojo a un par de cafeterías y a unos cruasanes con sal marina.

Volvimos a la puerta del restaurante a las 13:30 y nos llamaron en seguida. El sitio era muy chulo, ubicado en un antiguo hanok, y éramos los únicos occidentales, todo eran jóvenes coreanos. Nos pedimos la especialidad, una olla en hierro fundido, donde se combina arroz, carne, pescado y verduras, acompañados de kimchi, ensalada y un caldo que se tenía que verter al acabar el plato para rebañar los restos tostados del fondo de la olla. Era como una especie de «bibimbap caliente», estaba riquísimo y nos costó 39000KRW, 19,40€ los dos.

Después de comer, fuimos a la cafetería Langsom, justo al lado del restaurante, localizada también en un bonito hanok de madera con un patio central. Nos tomamos un par de capuccinos muy ricos (y caros en comparación con la comida, 14000KRW, 8,50€) y de allí directos a la pastelería Soha Salt Pond para comernos unos cruasanes con sal marina que por cierto, estaban de vicio (valían 3000KRW/1,80€ cada uno). No contentos con eso, también probamos los de Jayeondo Sogeumppang, que se había hecho muy famosa por la indumentaria de época que llevan las trabajadoras, con delantal y cofia. Nos compramos una caja para llevar de 4 por 12000KRW, 7,30€. El envoltorio ya merecía la pena, nos flipó cómo los coreanos envuelven los regalos y productos en las tiendas.


Subimos un momento al hotel para dejar los cruasanes en la habitación y decidimos dar un paseo por Insadong, considerado el epicentro cultural de la ciudad. A unos diez minutos del hotel estaba la calle principal del barrio, Insadong-gil, repleta de tiendas de artesanía, manualidades, pintura, galerías de arte, casas de té tradicionales… Nos pareció perfecto para comprar recuerdos y souvenirs. Había un taller de sellos labrados en piedra (como el de Jeonju) y encargamos uno con el logo de nuestra amiga Delma, la responsable de la imagen de nuestro laboratorio gastronómico Silvestres.
Muy cerca encontramos un curioso centro comercial al aire libre llamado Ssamzigil, con varias plantas comunicadas por rampas inclinadas, murales y esculturas muy curiosas por todo el edificio y tiendas de artesanía muy chulas. También había locales de comida y una cafetería muy escatológica donde todo giraba en torno a la caca, todo estaba lleno de cacas de plástico, cacas de cerámica, cojines con forma de caca, váteres, etc. Había también una estación de alquiler de baterías externas para móviles (ya las habíamos visto en otros puntos de la ciudad, muy tecnológicos estos coreanos).

Antes de cenar, regresamos al hotel para dejar las compras y nos topamos con la grabación de dos estrellas de K-pop en la puerta, lo que no pase en Corea… Ya que estábamos, nos quedamos un buen rato haciendo vídeos.
Para cenar, nos habíamos fijado al final de la calle Insadong-gil en un restaurante medio clandestino, localizado en un sótano, donde solo se veía entrar a locales y estaba todo en coreano. El mejor reclamo para nosotros. La comida fue espectacular, abundante, sabrosa y casera y la pudimos disfrutar en un ambiente muy tradicional y auténtico (éramos los únicos occidentales sentados). Pedimos el menú de tteokgalbi con queso (una especie de filete ruso o hamburguesa coreana), que servían con un plato de sopa y ocho tipo de guarniciones diferentes, y lo acompañamos con una botella de makgeolli por unos 15,50€ (25000KRW).

Después de cenar, dimos un último paseo por las callejuelas más escondidas de Insadong, compramos un yogur de fresa en una tienda de conveniencia y nos lo tomamos en el hotel. Nos estábamos aficionando a tomar uno antes de ir a dormir.


