Marrakech y el desierto día 3
Valle del Dades · Garganta del Todra · Tinejdad · Erfoud · Desierto de Merzouga · Noche en campamento (330 km)
8 de abril de 2024
Empezó a amanecer a las 6:30 de la mañana y como ya estábamos despiertos, nos subimos a la terraza del hotel a investigar y ver cómo el sol iluminaba el valle. Trabajamos un rato con el ordenador junto al ventanal del comedor y decidimos que bajaríamos a pasear antes del desayuno.
Nos pusimos en marcha sobre las 7:30. Había un acceso que bajaba directo desde el hotel hasta los huertos. Recorrimos los senderos rodeados de higueras y otros frutales. Había un montón de campos de alfalfa y trigo con muchas amapolas y huertas donde los campesinos trabajaban aprovechando el fresco de la mañana. Se respiraba sencillez y tranquilidad, como en los pueblos de antes en España.


Cerca había una cascada y nos pusimos a buscarla. Llegamos a una rambla un tanto seca pero de los campos de alrededor brotaba algún salto de agua entre las cañas que regaba las acequias de los huertos. Recordando la cantidad de minerales y geodas que vimos el día anterior en la tienda de los Atlas, empezamos a intentar romper cantos rodados por si alguno escondiera dentro una gema, pero no hubo suerte.
Al final de la rambla encontramos la cascada de Aït Ibrirn, pero tuvimos que trepar por los muros de piedra de un acueducto por el que se canalizaba el agua hacia las acequias. Los alrededores de la caída de agua estaban llenos de pintadas con la bandera bereber. Nos hicimos unas cuantas fotos y Germán decidió hacer el cabra loca subiendo y bajando por los sitios más difíciles.

Volvimos al hotel a la hora del desayuno, por cierto, completísimo: huevos al plato, crepes, mermeladas, queso, yogur, fruta… Recogimos el equipaje y pusimos rumbo al desierto. Hicimos una breve parada en un mirador del pueblo Boumalne Dades, y desde allí nos dirigimos a Tinghir (o Tinerhir), un pueblo a los pies del Atlas, en pleno valle del río Todra con los edificios de color rojo que se camuflaban con las rocas y montañas de la zona, y rodeado de un inmenso palmeral a lo largo del curso del río.


La siguiente parada fue la impresionante Garganta del Todra, un profundo desfiladero excavado por el río, con paredes verticales donde los vimos varios aficionados a la escalada intentando ascender por ellas. Recorrimos todo el cañón, haciendo mil fotos, metiendo los pies en las frescas aguas del río y sintiéndonos pequeñitos ante obras de la naturaleza como esta. Nos recordó mucho a las escenas de Star Wars donde las naves del Imperio persiguen al Halcón Milenario de Han Solo.


Proseguimos la ruta hasta el desierto y a la hora de comer, Hassan paró en uno de los restaurantes de Tinejdad que estaba abierto para turistas (viajábamos en pleno Ramadán, no podíamos quejarnos, pero nos hubiera gustado probar algún sitio más típico y frecuentado por locales). Nos sentaron en una mesa en la terraza, y a pesar de ser muy turístico, todo estaba muy rico: ensaladas, tajín de pollo con limón encurtido, albóndigas de cordero, pechuga de pollo asada con patatas, y de postre naranja con canela y dulces marroquíes.

A mitad de camino paramos en una tienda de telas para comprar los típicos pañuelos y chilabas de los pueblos bereberes. Nos probamos conjuntos muy chulos pero eran demasiado caros, nos hicimos unas cuantas fotos todos vestidos y que quedara para el recuero. También vimos conjuntos de lino con camisa y pantalón muy frescos y nos quedamos con las ganas de comprarlos, pero no hubo acuerdo en el regateo (nosotros nos los hubiéramos llevado al precio que nos lo dejaban, pero el resto del grupo no aceptó la oferta, nos tuvimos que conformar…).

Paramos en el pueblo de Erfoud, al parece muy famoso por sus dátiles. Hassan paró en el centro del pueblo para comprar unas cajas, con la casualidad de que nos topamos con un entierro, donde solo había hombres y niños acompañando al féretro. Por respeto estuvimos allí hasta que cruzó todo el mundo. Nuestros amigos aprovecharon, y sin que nos diéramos cuenta, compraron un par de pañuelos azules bereberes para nosotros.
Por fin llegamos al pueblo de Merzouga, donde Hassan nos dejó para emprender la ruta por las dunas del desierto hasta nuestro alojamiento para esa noche. Lo normal es hacerla en camello, pero a nosotros no nos gusta que se utilicen animales con fines turísticos (otra cosa es que los pueblos los utilicen necesariamente para sus trabajos y traslados diarios, pero no para llevar turistas de aquí para allá), así que mientras el resto del grupo se montaba en sus camellos y se perdía por las dunas, nosotros nos subimos a un todoterreno que se encargaba de llevar a los trabajadores y la mercancía para los alojamientos en pleno desierto.
Fue una experiencia muy chula, el conductor fue surfeando las dunas y además se notó que pisaba más el acelerador y le daba más espectáculo al recorrido al ver que nosotros íbamos emocionados grabando vídeos y haciendo fotos sin parar.

Esa noche dormiríamos bajo las estrellas a los pies de las dunas, en el Sahara Desert Luxury Camp. Mientras hacíamos el registro, nos ofrecieron té con dulces en la tienda principal. Nos llevaron a nuestra habitación, una haima enorme, con baño completo y una terracita con hamacas para ver el atardecer. Nos acomodamos, dejamos las maletas y nos fuimos directos a las dunas porque ya empezaba a bajar el sol.
La sensación de paz, viendo cómo atardecía tras la arena naranja del desierto del Sáhara, donde la vista solo alcanzaba a ver dunas y más dunas, es indescriptible. Uno de los momentos más esperados del viaje (y el principal motivo por el que habíamos emprendido la aventura por Marruecos).


En ese momento vimos aparecer a lo lejos por el horizonte las siluetas de los camellos con nuestros amigos. Bajamos al alojamiento y después de una merecida ducha en nuestra haima, nos reunimos con el resto del grupo en la tienda principal donde nos habían preparado una cena con berenjenas gratinadas de primero y cous cous de pollo con verduras de segundo.
Cuando salimos, nos impactó ver el cielo sobre nuestras cabezas. Millones de estrellas iluminando la noche sobre la arena del desierto. Otra de las experiencias más impresionantes de este viaje.
El hotel habían organizado una fiesta con música bereber en torno a una hoguera en mitad de las dunas, nosotros aguantamos poco, preferimos irnos a descansar.


