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Azores día 5

Vuelo São Miguel-Flores · Poço da Ribeira do Ferreiro · Miradouro do Portal · Aldeia da Cuada

9 de octubre de 2023

Este día tocaba madrugar para hacer el cambio de isla (tenéis más información sobre los traslados en la entrada cómo moverse en las Azores). Como la tarde anterior la habíamos tenido relajada en el hotel, las maletas estaban preparadas y pudimos ir directos a desayunar tranquilamente.

En el camino de vuelta al aeropuerto, pasamos por unos cuantos miradores de la zona suroeste y como el día estaba bastante despejado y teníamos tiempo de sobra, aprovechamos para parar en alguno y hacer unas cuantas fotos con sol.

A pesar de que el vuelo salía a las 13:55 el coche teníamos que devolverlo a las 10, estas cosas que pasan con los alquileres que si te pasas de la hora de recogida te cobran un día más y no valía la pena el sobregasto. Media hora después de devolver el coche ya estábamos en uno de los bares del aeropuerto con un par de cafés y el ordenador, escribiendo alguna de estas páginas y haciendo tiempo.

Cuando abrieron la facturación, la hicimos en menos de 5 minutos, no había nadie esperando en el mostrador y pasamos enseguida el control de seguridad. En la zona de embarque hay un piso superior con una sala de espera más tranquila donde había una especie de hamacas con vistas a la terminal en las que nos instalamos hasta la hora del despegue.

El vuelo fue bastante rápido, era un avión muy pequeño de los de hélices en los que la cabeza casi te da en el techo, pero muy cómodo, nos comimos unos sandwiches que habíamos comprado en del aeropuerto y aterrizamos en Flores a las 15:20.

Como imaginábamos que habría pocas oficinas de alquiler de coches, mientras Antonio esperaba que salieran las maletas, Rafa salió a ir gestionando el coche. Fue el primero en salir de la terminal y se lo dieron enseguida, cuando Antonio salió con el equipaje ya estaba todo listo. Cargamos las maletas y arrancamos hacia Aldeia da Cuada, el hotel de los próximos tres días.

Nos dieron un Toyota Auris con un motor bastante flojo para las cuestas de la isla, de hecho como llevábamos el aire acondicionado encendido casi  no pudimos recorrer el primer kilómetro de subidas, menos mal que nos dimos cuenta y lo quitamos para poder ir más tranquilos, pero hubo un momento que pensábamos que el coche estaba estropeado de lo que le costaba pasar a segunda.

La llegada a Fãja Grande, la zona donde estaba el hotel, fue espectacular, hacía sol y desde la carretera se veían las mejores cascadas de la isla cayendo desde altos acantilados verdes, de hecho son el principal reclamo turístico.

Cascadas desde la carretera a Fajã Grande

Hicimos el check-in en Aldeia da Cuada, el hotel es una antigua aldea en la que han rehabilitado todas las casas y convertidos en mini apartamentos, las hay de hasta 6 dormitorios aunque la mayoría solo tienen uno.

El sitio tiene mucho encanto y sin duda el mejor restaurante de la isla, pero es bastante incómodo caminar por el sendero empedrado, que no han rehabilitado, para ir de la recepción a las habitaciones, sobretodo con maletas y en una isla que llueve casi todo los días.

Aun así el hotel nos pareció chulísimo y aunque la habitación tiene algunas pegas, no deja de ser una pasada alojarte en una antigua aldea. Ya que estábamos tan cerca de las cascadas decidimos que lo primero era ir a verlas y tuvimos la suerte de estar prácticamente solos, el resto de los días cada vez que pasábamos se veían un montón de coches en el aparcamiento mientras que cuando nosotros fuimos solo estaba el nuestro y otro más.

Aldeia da Cuada

El camino de subida hasta las cascadas recorre una zona de laurisilva con riachuelos y acequias y no tiene más de 600 metros, pero tuvimos que ir con cuidado porque las piedras estaban muy resbaladizas.

Posiblemente la visión de las cascadas del Poço da Ribeira do Ferreiro sea la que se quedé en nuestra retina cada vez que pensemos en el viaje, es lo más llamativo, para nosotros y lo que más nos impactó, seguramente porque fue uno de los sitios con mejor luz de sol que tuvimos y en mejor ambiente, estuvimos un buen rato completamente solos y el resto con alguna otra pareja que venía y se iba.

Hicimos muchas fotos, volamos el dron, paseamos, nos relajamos viendo y escuchando la caída del agua, uno de esos momentos mágicos que te hacen recargar pilas y por lo que la mente nos pide viajar, sin duda uno de los mejores sitios que ver en la Isla de Flores.

Poço da Ribeira do Ferreiro

Al volver nos fuimos hacia Fajā Grande, a ver si había alguna tienda abierta en el pueblo para poder comprar café y leche para tener en la casa para las tardes cuando atardeciese, ya que sospechábamos que una vez puesto el sol poco habría que hacer en la isla.

Habíamos pasado un mirador hacia el mar justo en la zona donde habíamos empezado a ver las cascadas desde la carretera al llegar y fuimos a ver qué tal era para ver el atardecer. El sitio (Miradouro do Portal) es perfecto ya que se ve el atardecer sobre el mar y justo en 180º se ven las cascadas con la luz de atardecer, había unas siete u ocho personas pero teníamos sitio de sobra para poder disfrutar del momento.

Fajãzinha al atardecer desde el Miradouro do Portal

Alargamos un poco el momento de volver aprovechando la luz del crepúsculo, jugueteando con un par de gatos que había en el mirador, que no eran muy sociables pero Antonio siempre intenta «engatusarlos».

Al volver al hotel nos confirmaron en recepción que teníamos mesa para cenar, la habíamos reservado por WhatsApp desde del mirador, y nos regalaron un pequeño bote de café ya que no habíamos conseguido comprar.

A las 21h fuimos al restaurante y estaba a tope, solo quedaba libre nuestra mesa y la mayoría de mesas ya casi habían acabado de cenar, en el tiempo que decidimos lo que pedimos y nos sirvieron las cervezas se medio vació y nos quedamos bastante tranquilos. La comida nos gustó mucho, posiblemente el mejor sitio donde comimos en el viaje y repetimos dos veces más. Pedimos unas sopas de verduras, una tabla de quesos y unas tostadas de queso y jamón curado al horno que estaban deliciosas; de postre nos pusieron una tarta de queso y fruta de la pasión y esta vez si era casera, estaba muy muy buena.

Cena en Aldeia da Cuada

Con el estómago lleno (y con comida sabrosa, casi por primera vez en todo el viaje), nos fuimos caminando hacia nuestra casita en la tranquilidad de la noche, iluminados por las farolas de la antigua aldea.