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Azores día 2

Sete Cidades · Lagoa de Santiago · Vista do Rei · Capelas · Salto do Cabrito · Lagoa do Fogo · Ribeira Grande · Moinho do Pico Vermelho

6 de octubre de 2023

Desayunamos en el hotel Mosteiros a las 8:00, en el comedor no había nadie y una cosa que nos gustó fue que había una mesa asignada a cada apartamento por lo que cada día teníamos la misma mesa. Pedimos dos capuchinos y dos tortillas con queso y cogimos zumos, un poco de queso y embutido, panes locales y algo de bollería del bufé. Con las pilas cargadas, salimos hacia Sete Cidades a las 8:30, un pueblo emplazado junto a dos grandes lagunas en una inmensa caldera volcánica. Seguía muy nublado pero ese día no había mucha niebla, el pueblo estaba bastante desierto, ya que era puente allí. Paramos junto al puente que separa las Lagoas Verde y Azul e hicimos un par de fotos pero el viento era bastante desagradable, por lo que decidimos seguir la ruta hacia arriba.

Desayuno en Mosteiros Place

La siguiente parada fue en el aparcamiento de la Lagoa de Santiago (se llama así porque a los primeros conquistadores canarios les asustaba su profundidad y la nombraron con el nombre de su patrón para que les protegiese). Estábamos completamente solos.  Desde el mirador ya se apreciaba la laguna al fondo de la caldera rodeada completamente de laurisilva. El sendero que baja hasta la laguna es muy chulo, no es largo pero sí muy escarpado y el viento que hacía no ayudaba mucho, pero llegamos hasta abajo sin mayores problemas. Hay un pequeño promontorio desde el que ver la laguna desde la orilla, aunque en realidad las vistas de todas las lagunas son mejores desde arriba. Las ráfagas de viento levantaban cortinas de agua de la laguna.

Lagoa de Santiago

Hicimos el camino de vuelta mientras empezaba a llover y nos metimos en el coche justo a tiempo de librarnos de un chaparrón rápido. Un poco más adelante paramos en un mirador que daba a las lagunas de Sete Cidades, pero el viento seguía siendo muy incómodo. Continuamos hasta el mirador de Vista do Rei que está junto a la construcción abandonada de un gran hotel. La idea era poder grabar con el dron ya que el hotel está en un curva de 180 grados que lo rodea y las imágenes desde arriba son muy chulas, pero en ese momento teníamos más de 55km/h de viento, casi el doble de lo que soporta nuestro DJI Mini 3 Pro y no quisimos arriesgarnos (tuvimos problemas con el viento en la isla de Flores que os contaremos casi al final del viaje).

Vistas de la caldera de Sete Cidades desde Vista do Rei

Tras la rápida parada en Vista do Rei, cogimos la carretera que discurre junto al resto de lagunas de esa cordillera pero el viento y la espesa niebla que había hizo que ni siquiera nos plantearemos parar (a pesar de no poder ver a más de 10 metros de distancia, los aparcamientos estaban a reventar). Seguimos hacia abajo en dirección a Capelas para ver la Tromba do Elefante desde uno de los miradores de la costa (hay varios unidos por un sendero). Los acantilados al norte del pueblo acaban con un arco natural que desde lejos parecen la cabeza y la trompa de un elefante. El color del agua azul intenso contrastaba mucho con el color oscuro de la roca de los acantilados.

Tromba do Elefante en Capelas

Seguimos la ruta en dirección este pasando por Rabo de Peixe y rodeando Ribeira Grande para llegar hasta la cascada Salto do Cabrito, es una pequeña cascada con dos saltos de unos 5 y 10 metros respectivamente y dos pozas una intermedia más profunda y la última más grande y menos profunda, con muchas piedras que sobresalen del agua y que permiten acercarse a hacer alguna foto. El sitio es chulo pero el gran zumbido que produce la central hidroeléctrica que hay junto a la cascada de agua lo enturbia bastante, además al ser bastante accesible pierde un poco la gracia (un problema que hemos detectado en las dos islas que hemos visitado es que han habilitado tanto el acceso a los parajes que dejan de tener ese encanto natural que nosotros buscamos, cuando hay que esforzarse un poco para llegar, la recompensa es mejor).

Salto do Cabrito

Desde el acceso a la cascada sale la carretera que sube a la Lagoa do Fogo, posiblemente la que más ganas teníamos de ver y si hacía buen tiempo, hacer un par de vuelos con el dron. Al llegar ya vimos que lo del dron iba a ser imposible por la fuerza del viento y además estaba bastante nublado por lo que no merecía la pena arriesgarse a volarlo, aun así estuvimos un rato en el mirador contemplando la gran caldera con un par de pequeños fiordos en la zona oeste.

Volvimos hacia Ribeira Grande obviando la zona termal de Caldeira Velha, una zona de baño que además de que estaba a tope el aparcamiento porque era fiesta nacional, habíamos visto que estaba tan sobreexplotada y tan adaptada que para nosotros tenía poca gracia. Sobre todo después de habernos bañado en pozas termales naturales en Islandia, en medio de la nada, al borde del mar y completamente solos, aquello no nos llamaba mucho la atención.

Lagoa do Fogo

Conforme bajamos a Ribeira Grande, Antonio fue mirando los sitios que teníamos apuntados para comer y nos decidimos por Alabote, un restaurante junto a la playa con una enorme terraza elevada en la que conseguimos una mesa resguardada del viento pero con buenas vistas, la mala suerte es que cuando ya habíamos pedido se puso a llover y tuvimos que esperar en la recepción a que nos pusiesen una mesa en la sala interior, también con vistas pero que estaba a reventar. Las mesas ya estaban acabando casi todas así que no tuvieron muchos problemas en recolocarnos a todos los que estábamos en la terraza, la simpatía de los camareros seguía brillando por su ausencia pero igual que el día anterior conseguimos «conquistarlos» y que nos sonriesen e incluso bromeasen con nosotros.

Pedimos la especialidad de la casa, cataplana de cherne (una cazuela típica del Algarve en la que guisan pescados y mariscos con un sofrito de tomate, cebolla, ajo, patata y fumet de pescado local), y una ensalada de gambas. El pescado estaba bastante bien, algo pasado, y el caldo era delicioso, las gambas eran como langostinos enormes y duros (luego supimos que eran congeladas). Las patatas cocidas con el caldo salvaban bastante el plato. El postre nos encantó, conseguimos descifrar que era un pudding típico de la zona que llamaban pudín de matrimonio o algo por el estilo pero no hemos encontrado ninguna referencia. Con las dos enormes cervezas de medio litro y los dos cafés del final la cuenta fue de 64€, de las más caras del viaje aunque como el sitio era bastante agradable no nos dolió mucho pagarlo.

Alabote, R. East Providence 68, Ribeira Grande, São Miguel (GoogleTripAdvisor)

Cataplana de cherne en Alabote

Después de comer, decidimos visitar la destilería de ron Mulher de Capote (habíamos pasado por delante de las plantaciones de caña de azúcar cuando íbamos hacia el restaurante). La visita era gratuita pero nos decepcionó muchísimo, solo te dan unas pinceladas sobre sus productos y rápidamente te llevan a degustar muchos de ellos en la tienda para comprarlos, pero no explicaron nada sobre el proceso de producción ni contestaron a nuestras dudas sobre la elaboración del ron. Eso sí, nos sirvió de refugio porque en ese momento estaba cayendo el diluvio universal, para llegar al coche tuvimos que correr y aún así llegamos empapados.

Destilería Mulher de Capote

Salimos de Ribeira Grande en dirección hacia Ajuda de Bretanha, seguía lloviendo a lo bestia, pero luego salió por primera vez el sol en todo el viaje, y aprovechamos para hacer una parada en un mirador en Santo António y hacer fotos de la zona con sol y seguimos hasta el Moinho do Pico Vermelho, un antiguo molino de cereal en la aldea de Ajuda de Bretanha, estaba recién restaurado y de hecho acababan de grabar la inauguración para RTP (la televisión pública portuguesa). Las calles estaban todavía cortadas pero no había nadie así que pudimos grabar con el dron y hacer todas las fotos que quisimos completamente solos.

Moinho Vermelho

El trayecto hasta el hotel fue con otra enorme tormenta que hizo que tuviésemos que conducir a muy baja velocidad ya que no se veía nada, al llegar al hotel volvió a medio despejarse y dejó pasar unos rayos de sol para que pudiésemos ver el atardecer, incluso nos atrevimos a lanzar el dron desde el hotel hasta los farallones y grabar un par de vídeos. Pasamos el resto de la tarde revisando y publicando fotos y vídeos.

Volvimos a pedir la cena en el hotel, esta vez un sandwich de jamón y queso en pan artesano, un bocadillo de atún y una ensalada de queso fresco, con dos cervezas Sagres ya que no les quedaban locales. Esta vez la cena fueron 26€, un precio ridículo siendo un hotel y siendo del servicio de habitaciones, hemos visto cartas de hoteles con ese mismo precio por un sandwich mal hecho de jamón y queso.

Atardecer desde Mosteiros Place