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Azores día 1

Vuelo Valencia-Ponta Delgada · Ponta da Ferraria · Mosteiros

5 de octubre de 2023

Posiblemente fue el vuelo que más temprano hemos cogido, salimos a las 4:15 de la madrugada en un Cabify hacia el aeropuerto de Valencia, pasamos la facturación y los controles bastante rápido y como era tan pronto no pudimos ni desayunar allí, tuvimos que esperar en un banco al embarque.

Llegamos a Ponta Delgada sin más incidencias, la escala había ido bien, y como el segundo vuelo era en primera, habíamos podido desayunar en la sala VIP de TAP en el aeropuerto de Lisboa. Habíamos alquilado el coche con Auto Ilhéu; la empresa con más presencia en las islas es Ilha Verde, pero habíamos leído muy malas críticas (coches malos, no devolución de las fianzas, etc.), así que probamos con esta que parecía mejor (os contamos más en la entrada Cómo moverse en las Azores). Nos recogieron en el aeropuerto con el coche que íbamos a llevar estos días, un Jeep Renegade gris muy chulo. Desde allí fuimos a la oficina de la empresa a pagar el coche y firmar los papeles. Es muy barato comparado con otros países, pagamos 274€ por cuatro días con un coche de esa categoría, con todos los seguros incluidos, dos conductores y sin tener que dar ningún tipo de fianza ni tarjeta de crédito com depósito.

Una vez con el coche a nuestra disposición nos fuimos hacia Mosteiros, al noroeste de la isla, donde teníamos el primer hotel.

Coche de alquiler en São Miguel

De camino al hotel fuimos parando en la mayoría de miradores que nos cruzábamos, todos con vistas al océano y a los acantilados de la zona. Suele ser una buena zona para ver ballenas pero no hacía buen tiempo, además hacen falta unos buenos prismáticos para verlas desde tan arriba y no los habíamos cogido.

Las vistas son una pasada, teniendo detrás los picos que forman los volcanes y por delante los acantilados y valles que llegan hasta el mar salpicados de casas. A la altura de Ginetes nos desviamos para ver el Farol da Ferraria, donde hicimos algunas fotos, aunque con el cielo nublado no eran tan chulas como queríamos. Desde allí bajamos por el Pico das Camarinhas hacia las piscinas naturales con agua termal que se forman en la costa. Era el día de la República Portuguesa, fiesta nacional, por lo que la piscina estaba llena de locales aprovechando el día libre. Recorrimos el sendero que rodea las pozas y pasa junto a un par de arcos naturales formados en la roca volcánica donde rompe el mar y volvimos al coche justo cuando empezaba a llover. Luego descubrimos que las lluvias intermitentes son muy frecuentes y suelen durar pocos minutos (los azorianos dicen que si no te gusta el tiempo, esperes un rato hasta que cambie).

Farol da Ferraria
A Porta do Diabo en Ponta da Ferraria

Habiamos escogido el hotel Mosteiros Place por las vistas al atardecer y porque estaba en una zona apartada y tranquila, además las habitaciones son tipo apartamento con la habitación separada, un buen baño y la zona de estar con un sofá cama muy cómodo, mesa con cuatro sillas y una cocina básica pero suficiente para poder hacer una cena ligera. El desayuno estaba incluido y tenía piscina, aunque nosotros no la aprovechamos ya que con los 20-25 grados de media y nublado no daban ganas de meterse al agua.

Al hacer el check-in la chica nos aconsejó un restaurante para comer en Mosteiros, el hotel queda en la zona alta de término municipal y para ir al pueblo hay que ir en coche si no quieres subir de vuelta la carretera con buenas pendientes. Fuimos al Restaurante Ilhéu, nos sentamos en la terraza, los azorianos de esa zona no son especialmente simpáticos así que si vais no os asustéis por sus modos. Pedimos dos sopas de calabaza, unos gambas asadas con una salsa de mostaza (eran bastante mejorables) y un atún a la brasa, de postre una cheesecake con mermelada de fresa y dos cafés, para beber fueron 2 cervezas grandes de medio litro (Especial de Melo Abreu, la cerveza local) y dos aguas. Costó todo 40,30€.

Restaurante Ilhéu, R. do Castelo 14, Mosteiros, São Miguel (GoogleTripAdvisor)

La gastronomía en Azores es muy barata pero no es especialmente buena, habíamos leído que el marisco es muy bueno pero nos dijeron que las gambas de allí no eran de la zona y nunca son frescas (ya llevábamos 6 días y habíamos pedido un par de veces gambas con malos resultados). El pescado suele estar demasiado cocinado y lo suelen servir en la misma bandeja que la ensalada y la fruta por lo que todo toma los sabores del pescado, además de que el calor del pescado deja la ensalada bastante pocha. Realmente no es el viaje en el que mejor hemos comido, puede que sea el peor (os contamos más sobre la gastronomía en Qué comer en las Azores y dónde).

Terraza del restaurante Ilhéu en Mosteiros

Al final, a base de dar las gracias por todo y decir que todo estaba muy rico, conseguimos las sonrisas por parte de las camareras, dedujimos que están un poco hartas del turismo y eso que no es uno de los sitios más turísticos del mundo. Al ver como entraba gente bastante maleducada exigiendo mesas al borde de la terraza y situaciones por el estilo, entendimos que igual era motivo para su actitud. Las vistas del restaurante al puerto de Mosteiros son muy chulas y valen la pena, la comida es igual en casi todos los sitios, sobretodo en esa zona y por lo menos éste tenía buenas vistas y buenos postres.

Como estaba muy nublado y habíamos madrugado mucho, después de comer y pasear un poco por el tranquilo pueblo, nos fuimos a descansar al hotel. Ya que teníamos una habitación muy cómoda con vistas espectaculares a los farallones de Mosteiros, teníamos que aprovecharla un poco.

Vistas desde la habitación del hotel Mosteiros Place

Estuvimos un par de horas tumbados medio dormitando, medio preparando lo que íbamos a ver los próximos días, aunque si ya nos habéis leído sabréis que lo tenemos todo más que estudiado cuando viajamos.

A las seis de la tarde decidimos dar una vuelta por los alrededores y ver si encontrábamos un mirador con vistas a los farallones que hay frente a la costa de Mosteiros y que le dan nombre al pueblo (aunque eso mejor os lo contamos más abajo). Fuimos recorriendo la calles por debajo del hotel, en paralelo a la costa dirigiéndonos al sur, para no bajar hacia el pueblo sino para buscar una zona elevada con buenas vistas, pero la verdad es que fue imposible, vimos un par de cosas curiosas, como una capilla en forma de corona dedicada a la coronación de Cristo, o los cientos de hortensias que crecen salvajes en los caminos, o las belladonas que junto a la inmensa vegetación (compuesta en su mayoría por plantas invasoras como la enredadera de campanillas moradas o el jengibre hawaiano) dan una imagen increíble, todo verde allá donde mires. Y, a pesar de estar la isla muy sobreexplotada en cuanto a zonas de pastos, al estar siempre verdes, sigue manteniendo el aspecto salvaje.

Vista de los farallones y la playa negra de Mosteiros desde la carretera

Decidimos cambiar la dirección y acercarnos a Mosteiros a ver si había más suerte. En una curva justo antes de entrar a la población tuvimos las vistas que queríamos de los farallones y el pueblo, se divisaba una playa negra justo delante de las grandes rocas y decidimos que podíamos tener unas buenas vistas del atardecer desde la playa.

Bajamos hasta allí, atravesando parte del pequeño pueblo, que nos pareció que tenía bastante encanto, esa zona de São Miguel tiene o casas muy en ruinas o casas increíblemente bien conservadas y modernizadas. Algunas daban ganas de quedarse a vivir.

Llegamos a la playa ya anocheciendo y las vistas no fueron tan buenas como esperábamos, ya que al estar tan nublado perdimos los colores del atardecer. Aun así el paseo no gustó mucho. En la playa leímos un penal informativo que explicaba que desde allí los dos farallones más alejados parecían dos enormes casas y los dos más cercanos y más alargados parecían un monje y una abadesa encapotados, dando en su conjunto el aspecto de unos monasterios con sus monjes, de ahí el nombre de Mosteiros (monasterios en portugués).

Farallones y playa negra de Mosteiros al anochecer

La vuelta fue más dura, era un kilómetro y medio con ciento cincuenta metros de desnivel que hicimos en unos quince minutos. Llegamos con la lengua fuera, y con ganas de una buena ducha. Uno de los mejores servicios que tiene el hotel es la carta de snacks para cenar. Como está algo alejado, ofrecen varios platos ligeros a muy buen precio que te llevan a la habitación. Pedimos una tabla de quesos y embutidos de la zona, una ensalada de pollo y dos cervezas locales Melo Abreu. Todo por 42 €.

Después de un rato en el sofá llegó la hora de dormir, estábamos nerviosos por si al día siguiente íbamos a tener un rato de sol para volar el dron y hacer alguna buena caminata.

Cena del servicio de habitaciones en Mosteiros Place