Marrakech y el desierto día 5
Ouzina · Pista del Rally Dakar · Ramlia · Campamento nómada · Desierto Draa-Tafilalet · Sidi Ali · N´Kob (280 km)
10 de abril de 2024
De nuevo estábamos despiertos sobre las 6:00 de la mañana, viendo amanecer sobre el desierto. Había una calma impresionante y la luz era espectacular. Estuvimos un buen rato en la azotea disfrutando de esos pequeños placeres de la vida. A las 8:00 ya estábamos desayunando con todo el equipaje recogido y cargado.
Nos hicimos unas cuantas fotos en mitad de la solitaria carretera que llegaba al hotel y que se acababa unos metros más adelante, donde se convertía en una pista de tierra. Nos subimos a los todoterrenos y seguimos por la pista bordeando las dunas de Ouzina. Hicimos varias paradas en distintos puntos con vistas panorámicas y acabamos en el pequeño pueblo de Ramlia, donde un chico que sabía hablar español nos hizo un tour por las calles, nos enseñó la zona de huertos con todo el sistema de acequias. La gente estaba vestida con sus mejores galas celebrando el final del Ramadán y los niños nos seguían corriendo para que les diéramos chucherías.


La ruta continuaba atravesando una zona desértica (Hamada del Draa-Tafilalet) y cruzando una parte del famoso rally Dakar, donde los dos todoterrenos empezaron a «competir» por ver quién iba más rápido por la pista. Hubo un momento que la adrenalina se nos disparó, pero fue muy divertido.
Nuestro todoterreno se atrancó pero conseguimos que saliera y en ese momento Mustafá puso la música a toda leche, Germán se subió encima del capó y empezó a bailar, como si estuviera en una discoteca y los demás lo acompañamos desde abajo hasta que se lanzó como estrella del rock que se tira desde el escenario. Lo que nos pudimos reír.
Atravesamos grandes extensiones de arena finísima de color naranja rodeada de rocas y montañas, solos, en medio de la inmensidad de la nada, hasta llegar a un campamento nómada. Los hombres y niños nos estaban esperando bajo una haima con té y cacahuetes, mientras las mujeres estaban cocinando en el fuego.


Después de descansar un rato y refrescarnos en la haima, nos dijeron que teníamos que andar unos kilómetros por la pista bajo el sol, todo esto porque nos habían preparado una sorpresa para comer. Cuando ya estábamos hasta las narices de caminar por el desierto, con sol y calor, llegamos a una zona con acacias donde nos esperaban Mustafá y Yusuf con una gran esterilla a la sombra y un fuego donde iban a preparar la comida. Agradecimos la sombra, nos acomodamos en la esterilla y nos sacaron una ensalada de verduras, frutas y legumbres como entrante. Luego fueron asando alitas de pollo, y para acabar, unas rodajas de melón.
Con el estómago lleno y bajo la acacia, nos recostamos unos sobre otros y reposamos la mente unos minutos (hubo quien roncó y todo).


Seguimos recorriendo las extensiones inmensas de arena y haciendo mil vídeos y fotos. Esta parte del viaje nos estaba encantando, pero la travesía por el desierto llegaba a su fin. Acabamos en el Auberge Lac Maider, en el pueblo de Sidi Ali, donde regresábamos a la civilización y la carretera volvía a tener asfalto. Allí nos despedimos de Mustafá y sus todoterrenos, nos esperaba Hassan de nuevo con su furgoneta con aire acondicionado para comenzar el regreso hacia Marrakech.
Nos tomamos un té en el albergue mientras hacían el cambio de maletas y nos pusimos en marcha hacia el último punto de la ruta del día, el pueblo de N´Kob.

A mitad de camino, paramos en el Auberge Kasbah Meteorites para ir al baño y estirar un poco las piernas y finalmente llegamos a N´Kob. La primera impresión nada más llegar con la furgoneta fue muy positiva. Un pueblo tranquilo y auténtico famoso por tener 45 kasbah tradicionales y rodeado de un oasis de palmeras, además nuestro alojamiento para esa noche estaba ubicado dentro de una de esas fortalezas, el Kasbah Baha Baha.
Después de registrarnos, subimos a nuestras habitaciones. El edificio estaba construido con adobe y madera y todas las estancias tenían mucho encanto, era como viajar en el tiempo. Bajamos a la zona de la piscina y Rafa y Germán se dieron un chapuzón aprovechando que aún había algo de sol (el resto decidimos que no teníamos tanto calor, teniendo en cuenta que estábamos en mitad de abril).


Después de ducharnos y descansar un poco en la habitación, fuimos a dar un paseo por el pueblo. Calles de tierra, niños jugando, nada de coches, nos recordó a la España de cuando éramos niños.
Estaba todo el mundo en la calle, era curioso porque las mujeres y los niños iban por un lado y los hombres por otros. Todos a la fresca. Visitamos el recinto donde instalan el mercado, que a esas horas estaba cerrado pero debía ser curioso verlo en todo su apogeo (aunque a Ana Belén no le apetecía nada pensando en los olores que pudiera haber). Se empezó a hacer de noche y la escena de la silueta de las kasbahs bajo la luna era una pasada.



Tras el paseo, volvimos al alojamiento a cenar. Nos habían preparado la mesa en un porchado junto a la piscina. Sirvieron ensalada de la huerta con pepino, tomate, aceitunas y espinacas; pinchos morunos con patatas, sopa harira, y de postre una tarta de cumpleaños para Nicolás, el padre de Yolanda que ese día cumplía 70 años.
Era un lujo poder estar ahí, este tipo de pueblos tranquilos que aún conserva la esencia de un país, también nos gustan.
Tocaba acostarse y aprovechar la tranquilidad esa última noche antes de volver al bullicio de Marrakech.



