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Argentina día 16

Iguazú - Garganta del Diablo - Circuito Superior - Circuito Inferior

13 de abril de 2026

A las 6:30 ya estábamos sentados en nuestra terraza con un café de la máquina que teníamos en la habitación, viendo cómo iba despuntando el día, rodeados de algún mono madrugador. De momento había algunas nubes pero no estaba encapotado, en recepción nos habían dicho que hoy estaría despejado y esperábamos que así fuera.

Sobre las 7:00 los rayos de sol ya incidían sobre la bruma espesa que desprendían las cataratas y la iluminaban de naranja creando un espectáculo maravilloso.

El plan era entrar al parque en cuanto el hotel abriese las puertas. La gente que accede de fuera tiene aproximadamente 1 hora y 5 minutos hasta la Garganta del Diablo y desde el hotel caminando son unos 40 minutos (ya que está dentro de la zona protegida), lo que nos daba 20-25 minutos para estar allí solos sin el gentío que traía el tren.

Amanecer en Gran Meliá Iguazú
Amanecer en Cataratas del Iguazú

Desayunamos a las 7:15, recién abierto el restaurante. El desayuno es bufé, pero a los alojados en habitaciones The Level ofrecen además una carta aparte con servicio en mesa. Pedimos zumos de naranja, cafés con leche, gofres con huevos revueltos y bacon, tostada con huevos benedictinos y jamón ibérico y cogimos algunas cosas para probar del bufé.

Salimos del hotel a las 8:00 en cuanto abrieron las puertas hacia el parque y sorprendentemente éramos los únicos huéspedes que salimos. Entendemos que la gente viaje para disfrutar del hotel, pero no aprovechar ese momento nos parecía incomprensible. Caminamos unos 40 minutos disfrutando de la selva subtropical del Paraná, caminar en silencio y solos por una selva es algo que impresiona, ya nos había pasado en las junglas de Tailandia, nunca esperas esa cantidad de sonidos de los animales.

Merkado en Gran Meliá Iguazú
Camino de la Garganta del Diablo

Llegamos a la Garganta del Diablo a través de las pasarelas que cruzan el río Iguazú y allí solo estaba la guardabosques que debía haber abierto esa zona del parque. No tenemos palabras para describir lo que se siente al estar sobre esa masa de aguas bravas, el ruido ensordecedor, la bruma, la vibración en la pasarela suspendida sobre la caída… es todo tan salvaje que aturde.

Una vez pasado el primer impacto y tras disfrutar de las vistas desde todos los ángulos, hicimos varias fotos y vídeos hasta que vimos como llegaban más de 200 personas, la mitad de ellas corriendo queriendo ser los primeros en llegar. La cara que pusieron los más adelantados al vernos no tuvo precio, no entendían nada: si habían salido corriendo, ¿qué hacíamos ya nosotros allí?

Pasarelas del Circuito Garganta del Diablo
Garganta del Diablo
Garganta del Diablo

En cuanto llegó la marea de gente, nosotros nos fuimos en dirección contraria, esperamos unos 10 minutos a que el tren saliese de vuelta y nos fuimos hasta la estación Cataratas que nos dejó al lado del hotel y muy cerca del acceso a los circuitos superior e inferior.

A las 9:45 bajamos del tren y compramos un paquete de galletas y una botella de agua en la tienda que hay junto a la estación para poder hacer los recorridos sin problemas por el hambre o la sed.

Hicimos primero el circuito superior. Por suerte no había mucha gente porque los dos primeros trenes habían llevado a casi todo el mundo a la garganta y fuimos paseando tranquilamente viendo cada salto de agua. Los mejor de ese recorrido son las vistas panorámicas del conjunto, se ven decenas de caídas de agua salir de la selva, una junto a otra, y caer al vacío. Tenéis toda la información técnica sobre los saltos y la visita a las cascadas en la entrada Visita la las Cataratas del Iguazú.

Tren ecológico de la selva en Iguazú
Salto San Martín en circuito superior
Circuito superior en Iguazú

Cuando llegamos al final del circuito superior, el Salto San Martín, ya empezaba a haber mucha gente. El trayecto de vuelta está hecho circular para que no interrumpir el paso de los que llegan, y así se sale sin agobios.

A medio camino habíamos visto entre un arbusto un par de coatíes pero no se veían casi y no queríamos irnos sin ver alguno, y eso que avisaban en todos los carteles que eran muy agresivos, pero queríamos verlos de lejos, jeje.

El cielo estaba bastante despejado y hacía un día precioso. Decidimos aprovechar el buen tiempo y hacer directamente el circuito inferior que en principio habíamos planeado hacerlo por la tarde. Emprendimos el sendero que empieza justo al lado del acceso al hotel con menos gente si cabe que en el circuito superior, al parecer este era el que menos afluencia tenía.

Las panorámicas del recorrido eran totalmente distintas pero igual de impresionantes, se veían las cascadas desde abajo por lo que se podías apreciar la caída y la poza. Parte del recorrido es paralelo por lo que los saltos los ves desde los dos ángulos, la diferencia notable era el calor, ya era más tarde y por ese circuito al ir más abajo corría menos aire.

Saltos desde el circuito inferior
Circuito inferior en Iguazú

A las 11:15 salimos del recorrido inferior, con todo visto y agradecidos por haber decidido visitar Iguazú. Fue una de las partes del viaje que al principio estaba en el aire porque estaba más alejada y requería dos vuelos, además de que sin la experiencia del Meliá la cosa cambiaba mucho y hasta que no estuvimos seguros del presupuesto no nos decidimos a comprar los vuelos.

Subimos a la habitación a ponernos los bañadores, se notada la humedad subtropical y el calor y había que aprovechar la piscina. Las vista a esa hora desde nuestra ventana era alucinantes, con el cielo azul en contraste con el verde de los árboles y las cataratas en todo su esplendor.

Antes de ir a la piscina nos pasamos por el lounge para comer algo, que llevábamos desde las 8:00 sin parar de caminar y habíamos hecho hambre.

Vistas desde la habitación del Gran Meliá Iguazú

Al llegar a la piscina nos preguntaron si queríamos hamacas con sombra y dijimos que sí y se encargaron de prepárarnos dos hamacas con toallas y la sombrilla, nos dejaron más toallas para secarnos al salir de la piscina y nos ofrecieron proyector solar y spray antimosquitos. Estábamos encantados con el servicio del hotel.

Estuvimos bañándonos con vistas a las cataratas, viendo tucanes y tomando limonadas hasta las 14:15 que subismos a ducharnos y cambiarnos para comer.

Eran las 14:45 y a esas horas no había casi nadie en el restaurante, nos pusieron en una mesa con vistas y nos ofrecieron la carta. Podíamos pedir una entrada, un principal y un postre de cualquiera de los de la carta. Pedimos unas empanadas que llevaban 3 tipos diferentes; una ensalada de mozzarella, espinacas e higos; una milanesa de pollo y una de ternera; y de postre, dos bolas de helado artesano cada uno. Nos invitaron a una bebida, cada día hacían un cóctel como detalle del hotel.

Piscina del Gran Meliá Iguazú
Restaurante Merkado en Gran Meliá Iguazú

Fuimos a dar un paseo por los alrededores del hotel para bajar la comida. Habíamos visto por la mañana una zona con un edificio de estilo colonial con unos puestos de artesanía y fuimos a verlos. Salimos y se empezaron a cruzar monos y un par de coatíes en el camino, esos sí pudimos verlos bien.

La construcción que habíamos visto era el Viejo Hotel Cataratas de 1922 que actualmente es un museo, una zona de exposiciones y oficinas del parque. En lo que eran los jardines del hotel se ponían todos los días varios artesanos de la zona (de la tribu guaraní) con souvenirs bastante originales: pequeños arcos de madera local, animales tallados en piedra o madera, y algo de bisutería de madera y piedra.

Mientras estábamos allí, se posó un tucán en el árbol que teníamos justo al lado y tuvimos la suerte de poder hacerle unas fotos muy de cerca, tienen unos colores en el pico que parecen irreales de lo brillantes que son, nos recordó a la impresión que tuvimos al ver frailecillos en Islandia.

Tucán en Iguazú
Coatí en Iguazú

Volvimos al hotel a toda prisa porque se nos olvidó que nos habíamos apuntado a una clase de cocina. El hotel ofrece dentro de sus actividades (que son gratuitas para los usuarios The Level) clases de cocina y ese día tocaban las famosas chipás guaranís.

Nos costó encontrar dónde era la clase porque ponía distintos sitios según el cartel donde lo consultábamos, pero al final legamos, diez minutos tarde pero llegamos. Nos sorprendió ver que éramos los únicos y que iban a darnos la clase en la cocina del hotel, cosa que nos encantó.

Una de las cocineras, que por cierto era jovencísima, nos dijo que ella era de Iguazú. Era muy simpática, estuvimos hablando un poco de nuestras vidas, presentándonos mientras ella iba preparando las cosas. Tuvo mucha paciencia para enseñarnos los procesos y cómo se forma la masa. Cada uno elaboró sus propias chipás, salieron muchísimas ya que hicimos tres masas, una con la que ella nos iba explicando y otras dos cada uno de nosotros. Cuando se las llevó al horno, le ayudamos a fregar y recogerlo todo, y seguimos charlando con ella y alabando todo lo que habíamos visto de su país. Sacó las bolitas recién hechas y la verdad es que se notaba mucho cuáles había hecho ella y cuáles nosotros, nos faltaba práctica, pero estaban de muerte. Nos dio una caja con una de las partes y nos fuimos encantados a la habitación.

Clase de chipás

Estuvimos un par de horas en la terraza viendo cómo iba atardeciendo y cómo los monos robaban en las habitaciones que se habían dejado la ventana abierta, y eso que había varios carteles en todos los idiomas en cada habitación.

El atardecer fue tan bonito o más que el amanecer. Cuando ya fue demasiado oscuro nos fuimos primero a la azotea a ver el bar de la terraza que estaba bastante lleno y con una música que no era nuestro estilo, y pensamos que lo mejor era bajar al restaurante y sentarnos aunque cenáramos más tarde ya que allí se estaba muy a gusto.

Al final nos sentamos casi a las 21:00, y como somos unos tragaldabas, pedimos directamente la carta para cenar y pedimos dos cremas de espinacas, un filete de pacú al horno con puré de patatas y puerro (estaba delicioso), y un rissotto capresse.

El pacú es un pescado endémico del Paraná y el Iguazú, con la peculiaridad de que no tiene la típica textura terrosa de los peces de río y además recuerda en sabor y textura al cerdo asado por al cantidad y calidad de su grasa.

Atardecer en Iguazú desde el Gran Meliá

Al acabar, salimos al jardín a ver el cielo estrellado, no era tan visible como los cielos que vemos en la Sierra de Segura porque estábamos demasiado cerca del hotel, pero aun así era un cielo increíble. Con una sensación en el cuerpo inmejorable, nos fuimos a dormir la última noche en Iguazú.

Cielo estrellado en Iguazú