Corea del Sur día 5
Jeonju Hanok Village · Pungnammun Gate · Nambu Market · Clase de kimchi
12 de marzo de 2024
A las 8:30 ya estábamos listos para recorrer las calles de Jeonju. A esas horas estaban empezando a abrir los locales y no había casi nadie por la calle, algún trabajador que iba de aquí para allá.
Nos fuimos a desayunar a una cafetería que le habíamos echado el ojo la tarde anterior, Ireuri Cafe, dentro de un edificio tradicional restaurado con diferentes espacios y patios decorados con mucho gusto. Nos pedimos dos capuccinos y dos gofres enormes con fresas y nata. Riquísimos y bien completos (fue un poco caro pero lo disfrutamos, 60500KRW, unos 37€).

Después de coger energía en el desayuno, recorrimos las calles más comerciales y tradicionales, en una manzana comprendida entre las calles Eojin-gil, Gyeonggijeon-gil, Taejo-ro y Hanji-gil, un paseo que nos transportó a otra época. Los hanoks están muy bien cuidados, con preciosos patios entre callejones adoquinados. Ademas, a los coreanos les encanta el arte callejero y había muchos carteles, murales y pequeñas figuras por toda la zona, muchos de ellas representando gatos y oficios antiguos.
Acabamos entrando en un fotomatón que vimos abierto y volvimos a hacernos unas cuantas fotos frikis, igual que hacían todos los jóvenes. Donde fueres, haz lo que vieres, ¿no dicen eso?

Rafa había estado mirando dónde hacer kimchi y descubrió a Ahn Myeong-ja, una cocinera de Jeonju que regentaba un pequeño local familiar, Sinbaengi Kimchi. Nos pasamos por allí y la mujer al principio se quedó un poco sorprendida, pero accedió encantada a enseñarnos, eso sí, teníamos que volver a las 15:00.
Bordeamos los muros del santuario Gyeonggijeon y seguimos caminando hacia la Puerta Pungnammun, construida en 1388 y la única que queda en pie de las cuatro que tenía la antigua muralla de la ciudad durante la dinastía Joseon. Tiene la típica arquitectura tradicional coreana y está rodeada de parques y una zona llena de tiendas y restaurantes, conectando la zona más antigua con la más moderna.


Muy cerca se encuentra el Nambu Market, uno de los mercados tradicionales más antiguos, y allá que fuimos (ya sabéis lo que nos gusta visitar mercados por el mundo). Había cientos de puestos donde se podía comprar de todo, desde ropa y telas o productos de artesanía, hasta frutas, verduras, ingredientes frescos (jengibre, otras raíces, legumbres, arroz…) incluso algo de comida callejera aunque era muy temprano y aún no estaban todos abiertos.

Habíamos alquilado un coche para el resto del itinerario por el país hasta Busan y teníamos que recogerlo a las 12 en la oficina de Lotte Rent-a-car, que estaba justo enfrente de la estación de tren. Como los taxistas no hablan inglés, nos guardamos la dirección en coreano en el móvil para enseñársela (es la forma más sencilla de que os lleven donde toca).
Las chicas fueron muy majas, pero fuimos tan despistados que nos habíamos olvidado el carné de conducir internacional en el alojamiento y era imprescindible para poder formalizar todas las gestiones. Con cara de tontos, de vuelta a la casa, le pedimos al taxista que nos esperara un momento y de nuevo a la oficina de alquiler de coches.
Ahora sí, después de los 40 minutos de retraso entre las idas y venidas, nos entregaron un Hyundai Avante automático con seguro a todo riesgo (5 días de alquiler nos costaron 361,2 €). Nos sorprendió mucho que todos los coches en Corea van equipados con cámaras delanteras y traseras para tener las imágenes registradas en caso de accidente. Nos preguntaron sobre la ruta para ver si teníamos peajes y nos explicaron cómo funcionaban, ademas de facilitarnos una tarjeta recargable para pagarlos con saldo suficiente para todos los días de Corea. Una agencia muy recomendable (tenéis toda la info en la entrada cómo moverse en coche por Corea del Sur).

Ya motorizados, nos dirigimos de nuevo al Hanok Village y aparcamos en un gran parking de pago junto a Eojin-gil (Google), donde se quedaría hasta el día siguiente que comenzábamos la aventura conduciendo por Corea del Sur.
Se había hecho la hora de la comida y paseando por el barrio nos gustó un restaurante que parecía bastante auténtico, de hecho nadie hablaba inglés y la carta sólo estaba en coreano, buena señal. En el menú había varios platos de cuchara que parecían muy reconfortantes por la foto, y nos pedimos la especialidad de la casa kongnamul gukbap, una sopa elaborada con brotes de soja, arroz y caldo picante, acompañada de sabrosos banchan y unas tortillas de kimchi, todo por 25000 KRW, poco más de 15€. Nos encantó y lo consideramos una parada obligatoria en la ciudad.

Ya eran las 15:00, la hora a la que habíamos quedado en el restaurante Sinbaengi. Ahn Myeong-ja nos recibió con todo listo para empezar la clase, los ingredientes sobre la mesa, un dosier con toda la información, kimchi en diferentes momentos para ver cómo va evolucionando… Empezó a diluviar, pero estábamos a cubierto y nos quedaban un par de horas de curso.
Nos explicó todo el procedimiento desde cero, chapurreando un poco de inglés y con ayuda del traductor de Papago. Se notaba la pasión de esta mujer por este plato. Nos enseñó además a hacer tortillas de kimchi, que nos fliparon (y de vez en cuando las hacemos en casa). Estuvimos charlando un buen rato y nos habló sobre su vida y la de su marido, un profesor de la Universidad, y nos regaló un libro escrito por ella. Salimos encantados por su amabilidad y por todos los conocimientos que nos había regalado, y solo nos había costado 60000KRW, unos 37€ los dos.

Cuando salimos cerca de las 17:00 seguía lloviendo (menos mal que en la casa nos habían dejado unos paraguas) y nos fuimos al alojamiento a merendarnos los bizcochos bañados en chocolate que nos quedaron de los que habíamos comprado la noche anterior en PNB Bakery Main.
Estuvimos relajados en el sofá viendo llover a través de los ventanales, y cuando se despejó, fuimos a dar un paseo nocturno por las callejuelas del casco antiguo. A esas horas, sin gente, con todo mojado y la luz del crepúsculo tenía un encanto especial.

Compramos un par de botes de noddles en una pequeña tienda de conveniencia a 2€ los dos (por el color rojo del envase tenían pinta de ser un poco picantes). De vuelta al alojamiento, pasamos otra vez por la puerta de PNB, donde no pudimos resistirnos a comprar más «Choco Pie» (53100KRW, unos 33€), y por Dawoorang para llevar un par de mandus para la cena (7000KRW, unos 4,35€).
Nos hicimos para cenar los noddles en la cocina de la casa. Tenían una máquina dispensadora de agua tanto fría como caliente (se parecía a la típica expendedora de café) perfecta preparar este tipo de comidas con agua hirviendo, ya la habíamos visto en algún local en Seúl donde los jóvenes se preparan estos platos precocinados. Como nos imaginábamos, los fideos picaban como demonios, pero estábamos empezando a acostumbrarnos a que todo, o casi todo, en Corea del Sur tiene su punto picante. Nos tomamos tamién las empanadillas y un refresco que habían dejado de cortesía (creemos que de fresa).
Nos fuimos a dormir satisfechos con todo lo que habíamos hecho, al día siguiente nos esperaba otro día por Jeonju.


