Corea del Sur día 4
Tren Seúl-Jeonju · Hanok Village · Jeonmang · Santuario Gyeonggijeon · Hyanggyo-gil · Seungamsan · Omokdae
11 de marzo de 2024
Nos despertamos temprano, eran las 7:45 y ya estábamos desayunando en la misma pastelería del día anterior, Mio Bre Bakery & Cafe. Esta vez pedimos dos cafés con leche, un cruasán y una napolitana recubiertos de chocolate, un sandwich de beicon y un financier (33.400KRW, unos 20€). Volvimos al hotel a recoger las maletas y a las 8:45 nos subimos al metro en dirección a la estación de tren de Seúl (nos gustó mucho este hotel entre otras cosas porque tenía la boca de metro en la puerta).
Llegamos bastante rápido y fuimos utilizando de nuevo las cintas transportadoras que había por las pasillos de la estación para no tener que cargar con las maletas. Nos compramos un par de cafés para llevar y nos montamos en el tren de alta velocidad KTX y a las 10 arrancó rumbo a nuestra siguiente parada, Jeonju (os contamos más en cómo moverse en Corea del Sur).

Los trenes en Corea funcionan a la perfección y son muy cómodos. En una hora y cuarenta y cinco minutos estábamos llegando a la estación central de Jeonju. Habíamos reservado en Hanokstay Haru, una casa tradicional en el hanok village, el centro histórico, a unos 5 kilómetros de distancia y decidimos ir cómodamente en taxi (hay autobuses urbanos pero pasábamos de ir con las maletas arrastrando). Entre el traductor del Papago y el Naver Maps, le pudimos indicar al taxista dónde queríamos ir.
Nos dejó a la entrada de la zona tradicional llena de antiguos hanoks rehabilitados y convertidos en tiendas, cafeterías, restaurantes… y después de mirar un par de veces el google maps, conseguimos llegar al alojamiento callejeando (tenéis toda la información en la entrada Dónde dormir en Corea del Sur).

Era una casa tradicional con un jardín alrededor, típico tejado de tejas de arcilla, paredes de piedra y vigas y columnas de madera. Aún no podíamos hacer el checkin porque el dueño no nos contestaba, así que decidimos dejar las maletas en el jardín (confiando en los coreanos al 100%) y nos fuimos a recorrer un poco el hanok village. El día estaba nublado y había bastantes negocios aún cerrados a esas horas, pero el barrio era muy chulo y estaba todo muy bien cuidado.
Decidimos subir a la terraza del Jeonmang | Cafe & Guesthouse para tomar un café con vistas a todos los tejados del centro histórico y así hacer tiempo hasta que nos dieran el alojamiento (12.400KRW, 7,70€).


Después del café con vistas, fuimos de nuevo a la casa para hacer el registro y dejar las maletas dentro. Si por fuera ya nos había encantado, por dentro nos flipó, una pequeña casa de estilo tradicional con techos de vigas de madera, suelos de calefacción radiante (ondol), cocina completa con área de comedor, cuarto de lavadora y secadora, baño completo y una zona de estar justo delante de la cama, todo orientado al jardín con grandes ventanales. Nos hubiéramos quedado allí a vivir sin problemas (y si no tuviéramos la obligación de trabajar en España, jajaja).


Ya con el equipaje colocado, nos fuimos a recorrer todo el barrio tradicional, una zona muy tranquila y cuidada, con calles adoquinadas, jardines, y además, había muy poca gente por las calles, lo cual aun daba más sensación de paz. Los pocos que había, eran turistas coreanos que iban vestidos con los trajes tradicionales (algo que nos recordó mucho a Kioto en nuestro viaje a Japón).
Las casas han sido rehabilitadas, con tiendas de ropa tradicional, restaurantes y cafeterías, y como no, fotomatones de todas las temáticas (encontramos uno con atrezo basado en el mundo de Harry Potter).
Era la hora de comer y elegimos hacerlo en Hankook Jib, un restaurante muy famoso en Jeonju especializado en el plato típico de la región, el bibimbap, arroz cubierto con una variedad de vegetales, carne (comúnmente de ternera), un huevo y pasta de chile (gochujang). Estaba lleno de coreanos y el camarero nos explicó cómo debíamos comerlo, había que mezclar todo bien, para combinar todos los sabores y texturas en cada bocado. Pedimos el Jeonju‑bibimbap con carne cocida, y el dolsot‑bibimbap en cuenco de piedra caliente, acompañados de sus respectivos banchan. Costó 30000 KRW (unos 18€). Fue baratísimo y estaba muy rico.


El café y el postre nos lo tomamos en Manil Manil, una cafetería muy chula con terraza y vistas al santuario Gyeonggijeon. El dueño nos preparó unos cafés de especialidad y nos dio a probar unos chocolates artesanales que estaban de vicio (11800KRW, unos 7€).
Entramos al santuario aprovechando que estábamos al lado y había muy pocos turistas. Recorrimos todo el recinto amurallado lleno de jardines y edificios históricos de arquitectura tradicional con una decoración muy llamativa. El templo es famoso por albergar el retrato del rey Taejo, fundador de la dinastía Joseon y originario de Jeonju, y tabletas ancestrales del resto de reyes de dicha dinastía.


Después de la visita al santuario, fuimos a Hyanggyo-gil, una calle repleta de tiendas y negocios de artesanía (cerámica, sellos, etc.), donde incluso se podían hacer talleres. Encontramos un pequeño local donde una mujer estaba concentrada tallando sellos y decidimos entrar y explicarle el nuevo proyecto que estábamos iniciando, el laboratorio gastronómico Silvestres. Se llamaba Sujegak y a pesar de la barrera idiomática, mantuvimos una conversación muy amena con ella traduciendo con la app Papago (como iba siendo habitual en todo el viaje por Corea). Le pedimos que nos hiciera un sello personalizado con el logo y la traducción de Silvestres al coreano. Nos lo hizo en el momento, nos quedamos embobados viendo con qué precisión tallaba la piedra y la rapidez con la que trabajaba. Nos gustó tanto que le pedimos otro sello personalizado con el logo de nuestra diseñadora, Delma, para hacerle un regalo original.

Se puso a llover y volvimos al alojamiento para hacernos un café al estilo coreano como nos había enseñado Sim en Seúl, en la cocina teníamos todo lo necesario, nos habían dejado café en grano y había un molinillo, una cafetera por goteo y filtros. No salió tan bueno como lo preparaba Sim, pero no estaba nada mal.
Mientras descansábamos, se empezó a despejar y decidimos ir a ver el atardecer desde la colina Seungamsan, recorriendo los senderos que llevan a la cima y disfrutando de la panorámica del hanok village mientras el sol se ponía en el horizonte.


Después de ocultarse el sol, la luz del cielo estaba preciosa y nos dimos un paseo con el crepúsculo por las calles de Jeonju, recogimos el sello que habíamos encargado para Delma y de camino al alojamiento pasamos por delante de Hanok Gimbap, un restaurante de «sushi coreano», donde vimos a través de una cristalera a una mujer mayor que estaba preparando de manera muy casera los gimbap, rollitos de arroz cocido y sazonado, envueltos en hojas de alga nori y rellenos de verduras, pescado y huevo. Se nos antojaron y cogimos uno para llevar (3000KRW, 1,8€). Para completar la cena, también compramos mandu (empanadillas coreanas) de distintos rellenos en Dawoorang, uno de los restaurante de comida para llevar más conocidos de la ciudad (6000KRW, unos 3,70€); para el postre y el desayuno del día siguiente nos llevamos unos «Choco Pie», los famosos pasteles de chocolate que elaboran artesanalmente en PNB Bakery Main (2300KRW, 1,40€), y además cogimos algo de fruta y unos tomates cherry en una tienda de conveniencia.
Dejamos todo el arsenal de comida que habíamos comprado en el alojamiento y fuimos a dar un último paseo nocturno por la colina Seungamsan, esta vez llegamos a la cima, donde está el pabellón Omokdae, un edificio histórico con decoraciones muy coloridas, construido en conmemoración al rey Taejo (fundador de la dinastía Joseon). Había unas chicas coreanas vestidas con el traje tradicional haciéndose fotos en él y partiéndose de la risa al vernos. Después de disfrutar de las vistas de la ciudad iluminada, volvimos a cenar al alojamiento.


Preparamos la cena en nuestra maravillosa cocina, jeje, y después nos fuimos a la cama (que por cierto tenía un proyector para poder ver películas y plataformas digitales, aunque no pudimos ver nada porque caímos rendidos por el cansancio del día).



